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La IA democratizó la data electoral en Colombia

Entre el 25 de mayo y el 3 de junio circularon en X cerca de 40 mapas y tableros de la primera vuelta. Ninguno lo hizo una encuestadora: los hizo gente con una tarde libre, los datos de la Registraduría y un modelo de IA abierto en otra pestaña.

3 de junio de 2026 · 5 min de lectura

Resumen

En diez días, decenas de mapas y análisis de la primera vuelta inundaron las redes, todos con los datos oficiales de la Registraduría. Lo que antes pedía una semana y un equipo hoy lo hace una persona en una tarde. La inteligencia artificial no reemplazó el análisis electoral: le quitó el monopolio. Y eso, para una democracia, importa más de lo que parece.

Hace cuatro años, un mapa de votación departamental decente era un proyecto de una semana y tres personas. La del 31 de mayo se mapeó sola, cuarenta veces, en diez días.

Esa es la cifra que mejor cuenta lo que pasó: cerca de cuarenta mapas, tableros y análisis de la primera vuelta presidencial circularon en X entre el 25 de mayo y el 3 de junio, según un rastreo propio de cuentas y repositorios públicos. No salieron de una sala de redacción ni de una firma encuestadora. Salieron de analistas independientes, observatorios, académicos y ciudadanos sueltos: veinte, veinticinco cuentas distintas. Y no pasaron desapercibidos. Varios hilos llegaron a decenas de miles de visitas en una sola tarde; los más virales superaron el millón de impresiones.

Este texto es sobre eso: no sobre quién ganó, sino sobre quién ya puede contarlo con datos. Qué se rompió para que esto pasara, qué tiene de sano, y qué inquietud viene incluida en el paquete.

Lo que antes costaba semanas hoy cuesta una tarde

El cuello de botella nunca fue el dato. La Registraduría publica los resultados; siempre los publicó. El cuello de botella era todo lo demás: bajar y limpiar los archivos, cruzarlos con la geografía, convertirlos en un gráfico que se entienda. Eso pedía a alguien que supiera SQL, a alguien que supiera cartografía, a alguien que supiera diseño. Días. A veces semanas. Casi siempre un equipo, un presupuesto, y por eso casi siempre las mismas tres o cuatro casas.

Ese costo se cayó. Las herramientas de IA que cualquiera tiene hoy abiertas hacen en una tarde lo que antes pedía una semana. Le pides a un modelo que te limpie el CSV de la Registraduría, que te calcule la diferencia entre 2022 y 2026 por departamento, que te lo pinte, y lo tienes. No siempre bien hecho. Pero lo tienes.

Eso es lo que significa democratizar, literalmente: no que de pronto hay más mapas, sino que la capacidad de hacerlos dejó de estar concentrada en quien podía pagarla.

Todos pelean por la interpretación; nadie discute la fuente

Hay un detalle de esta ola que merece más atención de la que recibió, y es lo más sano que le ha pasado al debate electoral colombiano en años.

Los mapas vienen de todos lados. Cuentas de derecha y de izquierda. Medios independientes con sus comparaciones departamentales 2022 contra 2026. Observatorios neutrales. Académicos. Y todos están parados sobre la misma base: los datos oficiales de la Registraduría.

Las peleas, que las hay y duras, son sobre qué significan los números. Sobre si un departamento se volteó o solo se abstuvo, sobre si una tendencia aguanta o no. Nadie está diciendo que los números sean falsos. En un país donde desconfiar del conteo es deporte nacional, que la discusión entera se dé sobre una fuente que ninguna de las partes rechaza es un piso común rarísimo. Y lo construyó, sin proponérselo, la misma ola de mapas: cuando cuarenta cuentas trabajan sobre el mismo archivo público, el que quiera inventarse una cifra tiene cuarenta auditores encima.

Hacer el mapa se volvió fácil; leerlo bien, no

Aquí hay algo que me deja pensando, y lo digo más como inquietud que como reproche.

Que cualquiera pueda hacer un mapa no garantiza que el mapa diga algo. La misma herramienta que arma un análisis cuidadoso arma, con el mismo clic, una pieza vistosa que confunde correlación con causa, o que compara dos cifras que no son comparables. Y no es un riesgo de los demás: a cualquiera que sume rápido las mesas del voto en el exterior le puede pasar contar dos veces las mismas filas y creer que encontró un fraude donde había un error de planilla. La herramienta no avisa. Nosotros tampoco estamos a salvo.

La data se democratizó. El criterio para leerla, no. Y esa brecha, entre poder hacer el gráfico y saber qué dice, es la que más conviene cuidar de aquí en adelante. No para frenar la ola: para que la ola sirva.

Cuando todos tienen el mapa, gana quien hace la pregunta

La IA no terminó el trabajo del análisis electoral. Lo empezó. Bajó la puerta de entrada hasta el piso, volvió la data visible para cualquiera y, de paso, obligó a que el debate se diera sobre hechos compartidos. Para una democracia, eso es difícil de sobrevalorar.

Pero cuando todos parten del mismo dato, tener el dato deja de ser la ventaja. La gente ya no se sorprende viendo quién ganó en cada departamento: lo vio cuarenta veces. Lo que sigue escaso es la pregunta siguiente. ¿Por qué se volteó ese municipio? ¿Qué tiene que ver esa votación con quién gobierna ahí, con qué contratos se firmaron, con quién financió esa campaña? Esas respuestas no salen de pintar un mapa más bonito. Salen de cruzar capas que casi nadie cruza.

Faltan diecisiete días para la segunda vuelta del 21 de junio. No va a faltar quién pinte el mapa. Va a faltar quién sepa qué preguntarle. Y para eso, no para hacer otro mapa, existe Alfil.

Nota y fuentes

Alfil es un medio de datos electorales. No recibe pauta de campañas ni llama al voto; este análisis se publica en período electoral porque describe un fenómeno público, no porque favorezca a un candidato. Cifras de circulación en X: rastreo propio de cuentas y repositorios públicos entre el 25 de mayo y el 3 de junio de 2026 — son estimaciones de búsqueda, no un censo. Resultados oficiales de la primera vuelta: Registraduría Nacional del Estado Civil.

La IA democratizó la data electoral en Colombia — Alfil